Escalada al Nevado Ishinca (5.530 msnm) en la Cordillera Blanca del Perú en julio de 2005

Segunda entrega del relato que comenzó con el ascenso al Nevado Urus (5.450 msnm) y sigue ahora con el Ishinca (5.530 msnm) en la expedición a la Cordillera Blanca del Perú con Ignacio Lucero en invierno de 2005

Por Gonzalo Sayavedra

Al día siguiente del ascenso al Urus (5.450 msnm), nos poníamos nuevamente en acción. Decidimos escalar el Ishinca por un sector que nos llevaría directo hacia el primer glaciar. En la progresión dejaría un tornillo, herramienta que se había inutilizado de tanto martillar para intentar su fijación. En esta parte el hielo era muy malo para asegurar. Una señal clara de lo que estaba sucediendo en la Cordillera Blanca por el calentamiento global: este hielo duro eran las capas más profundas del glaciar.

Con el sol libre de nubes, un cielo impecable nos acompañaba y facilitaba bastante nuestra tarea de ascenso. Pero también nos generaba un poco de desconfianza. Allá a lo lejos divisábamos lo que sería nuestra primera incursión en zona de grietas y seracs (laberinto de bloques de hielo que se forma en el frente de los glaciares, o en los tramos donde el glaciar se deforma debido al terreno, como resultado de su acomodamiento). Si bien era un día bueno para hacer cumbre también había que transitar con mesura por las zonas inestables de ese terreno helado que por la alta temperatura del día favorecía los derrumbes y avalanchas. Comenzábamos a escuchar los estruendos que en algunos casos se condimentaban con un espectáculo visual. La Cordillera Blanca, la cadena montañosa de zona tropical más alta del planeta estaba sufriendo los efectos del cambio climático con una intensidad mayor que otras cadenas montañosas del mundo.

Mientras progresábamos, se presentaría a nuestra izquierda una vista panorámica del inaccesible Palcaraju (6110 metros). A lo lejos y montadas sobre el filo del macizo, un sistema de nubes en movimiento generaba formas caprichosas al sortear el inmenso obstáculo a la masa de aire húmedo en movimiento.

Y ya comenzábamos a lidiar con grietas, cornisas heladas y un poco de verticalidad en la vía hacia la cumbre. Habíamos ingresado en la zona de esos seracs que veíamos desde lejos. Así, en el transcurso de la mañana no habíamos hecho más que aproximarnos a esta zona en la que debíamos movernos con cautela.

A diferencia del Urus, el Ishinca nos estaba ofreciendo un final a puro hielo. Las formas de la cumbre insinuaban un terrón derritiéndose. Una vez en la cumbre buscamos acomodarnos en algún rincón entre las puntas y bordes de hielo del filo cumbrero. Y nos montamos sobre su risco con una pierna hacia cada lado de la pendiente de la montaña. Durante unos minutos nos regalaríamos el lujo de cabalgar con nuestra imaginación por los cielos sobre estas increíbles cumbres, macizos y cadenas rocosas. Todo desbordaba de hielo. A pesar del retroceso la masa helada era inmensa, y detenerse a contemplarla expandía la conciencia, desintegraba el miserable ego hasta hacerlo añicos contra la serena inmensidad blanca.

Al regreso por la otra cara, comprobaríamos que la forma de la cumbre donde habíamos permanecido por unos minutos era un hongo perfecto. Tal lo planeado, el retorno nos permitió relajarnos y disfrutar del entorno. Nos tomamos todo el tiempo posible para regresar. Al fondo, la imagen del Tocllaraju y el Ishinca nos recordaban que la cumbre recién alcanzada no era más que una etapa en nuestro viaje, y que pronto estaríamos planeando el intento a nuestro plato fuerte: la cumbre del Tocllaraju.

Con cada paso, nos íbamos internando en el cuadro impecable del paisaje que nos envolvía. Como si adelantáramos un pie para sumergirnos en una “pantalla tridimensional” de colores más vivos aún que lo real. Enormes merengues y cornisas heladas tan blancas que quemaban la vista. Un impulso incontrolable nos movía hacia delante, como si la vista dominara nuestra capacidad motriz y nuestra voluntad se alimentara por los ojos. El entorno estaba tallado por el paso de los glaciares y sus llantos de lagunas. Que a su alrededor mostraban manchas de tierra perfectamente lisa. La vista nos invitaba a imaginar cuánto de ese terreno estuvo antes cubierto por hielo. Desde hace dos años a esta parte, los glaciares habían retrocedido de forma increíble.

Al llegar al campamento base destapamos un par de cervezas, nuestro pequeño festejo para celebrar las cumbres alcanzadas. Durante el relax y un poco por efecto de nuestro ánimo exultante, terminamos por decidir que al día siguiente nos trasladaríamos al campo I del Tocllaraju (campo morrena) para iniciar el intento a su cumbre. La confianza estaba fortalecida. Pero la alegría se interrumpió esa noche al darnos cuenta que cuatro escaladores peruanos, que habíamos conocido durante nuestro acampe en la quebrada, no habían regresado del Ishinca. Con un escalador español salimos en su búsqueda. El percance no pasaría de eso, cuando -a minutos de marcha- los encontramos exhaustos llegando desde el fondo de la quebrada con anécdotas para contar. Se habían enriscado en una variante a la normal del Ishinca, uno de ellos había perdido una bota en el intento de escalar la pendiente de roca. El relato detallado del suceso nos recordaría lo importante que es conocerse, para conocer los límites propios. No es sólo el terreno sobre el que se escala lo que define el grado de exposición al riesgo. Mucho más se trata de la combinación entre aptitud y la vía que elegimos para escalar una montaña.


cumbre Nevado Ishinca (5.530 msnm) en invierno de 2005
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